El Rugido del Volcán 1501-08 Crónica de una Ciudad de Papel y Fuego
El Rugido del Volcán 1501-08
Crónica de
una Ciudad de Papel y Fuego
Por: Miguel
Oviedo Risueño
31 de marzo
2026
En las tierras
altas, donde el cielo se funde con el verde esmeralda de los Andes, se alza el
Volcán Galeras, es mucho más que una montaña de fuego, cuyo aliento se siente
en cada rincón de este paisaje mágico; es un ser vivo, un espíritu ancestral
que guarda los secretos de la tierra.
V1501-08 es el
código en el Catálogo de Volcanes Activos del Mundo (CAVW), marca a este coloso
en
el centro eruptivo más reciente y activo del
Complejo Volcánico Galeras.
Hace 33 años. El 14
de enero de 1993, despertó de su sueño milenario con un rugido ensordecedor.
Una erupción explosiva, liberando su furia contenida.
Nueve almas fueron
testigos de su poderío, y sus vidas se entrelazaron con el destino del volcán.
Seis vulcanólogos que dedicaron su existencia al estudio de este gigante: José
Arlés Zapata, Fernando Cuenca,
Néstor García y
Carlos Trujillo de Colombia; Igor Menyalov de Rusia y Geoff Brown de Gran
Bretaña.
Junto a ellos, tres
nariñenses que amaban al volcán: el profesor Efraín Guerrero, su hijo Giovanni
Guerrero y su amigo Henry J. Vásquez.
Esta crónica nos
recuerda la fuerza indomable de la naturaleza y la fragilidad de la vida.
Pero también la
verdadera valentía junto a aquellos que se atrevieron a contemplar su grandeza,
un recordatorio de que somos parte de un todo más grande.
Era sábado cuando el profesor Efraín Guerrero me
invitó a su hogar. A las siete de la noche, las sombras ya envolvían a los
científicos que aguardaban el llamado del día siguiente para marchar hacia la
boca misma del volcán. Mientras esperábamos, nos refugiamos en el patio, un
mundo propio bajo un eucalipto cuyas hojas tejían velos de misterio. Allí se
desplegaba una réplica exacta de la Ciudad de Pasto construida enteramente en
cartón. Fue una creación del profesor Efraín para su hijo Giovanni; una ciudad
a escala para ser habitada por la imaginación. Esa noche caminamos por calles
de papel: cables que danzaban entre postes mínimos, semáforos titilantes y
balcones iluminados por neones de juguete. Fue en el corazón de esa ciudad de
cartón donde vi a Nina por segunda vez. Conversaba con la montaña de papel,
implorando protección para sus habitantes.
Ella, portadora de un universo de palabras, tejía
historias para seres inmunes a los sueños, mientras el sol real se hundía tras
las faldas del Galeras, tiñendo el cielo de un rojo encendido. Pero para
quienes viven bajo su sombra, el Galeras es un espíritu ancestral cuyo aliento
se siente en cada rincón. No era un anochecer cualquiera; era un presagio de
fuego en un complejo indomable a 4.276 m.s.n.m. La ciencia lo cataloga
fríamente como el volcán 1501-08 (CAVW). La calma de tres décadas se rompería
al siguiente día, el domingo 14 de enero de 1993. Lo que comenzó como una
actividad latente se transformó en un rugido ensordecedor que cambió la
historia de la vulcanología moderna. La línea entre la observación académica y
la supervivencia desapareció bajo el fuego. Aquel día, el volcán liberó su
furia y entrelazó para siempre el destino de nueve almas con el corazón de la
montaña; los científicos: José Arlés Zapata, Fernando Cuenca, Néstor García y
Carlos Trujillo (Colombia); Igor Menyalov (Rusia) y Geoff Brown (Reino Unido).
Y los custodios del volcán: El profesor Efraín Guerrero, su hijo Giovanni y su
amigo Henry J. Vásquez. Esta historia es un recordatorio sombrío: la
naturaleza, en su fuerza indomable, nos revela la fragilidad humana. Pero
también exalta la valentía de quienes, con los ojos abiertos, se atreven a
contemplar la grandeza del abismo. Nina, con su cigarrillo y su sombra, permanece
allí, recordándonos que vivimos a los pies de un gigante que respira.

Me extrañaba el silencio que rodeaba a Nina. Su
juventud, tal vez la impulsaba a mantenerse al margen. Comprendí el silencio
del profesor Efraín: Nina se encontraba en ese umbral donde la mujer emerge de
la niña, donde la contemplación de la noche eclipsa la charla erudita de los
científicos. La vi iluminada en un costado de la ciudad de cartón. En su
cabellera roja, las palabras y las imágenes danzaban, noches profundas preñadas
de verbos, emergiendo claras y luminosas, con un resplandor que se transformaba
en estrellas. Sus muslos delineados y hermosos como los de Dánae, la figura del
amor divino evocaba por Tiziano revelándose como un ser consciente. Abrió los
ojos, se acarició el cabello y se reconoció mujer. Contemplando el volcán de
cartón corrugado se sintió viva buscando ser encontrada. Mientras el aire
descendía y el frescor del viento despertaba mis sentidos. Sin prisa, rodeó el
eucalipto. La vegetación, con sus formas y colores vibrantes, cubría el paisaje
que el profesor Efraín había diseñado para el juego de su hijo Geovanny.
Observó los detalles minuciosos: las piedras, las casas, los edificios, el río,
los precipicios, el valle, y el código 1501-08 grabado en el volcán. La
hermosura la paralizó, el latido de su corazón resonando como un eco palpable.
Sus manos exploraron la frialdad del agua. De vez en cuando, se giraba
súbitamente, como buscando sorprenderme con su mirada, aunque yo la sentía sobre
mi piel, constante como las luces de neón que envolvían la ciudad de cartón:
idéntica a nuestra Ciudad de Pasto, iluminando un cielo tachonado de estrellas
con un resplandor etéreo. Finalmente, se sentó en una silla de madera,
entregándose a la contemplación. Sus pies descalzos se conectaron con la
tierra, sus pulmones se llenaron del aroma a humedad. Cerró los ojos, sintiendo
en su interior círculos concéntricos de luz cálida. El canto tibio de la
lechuza acarició su oído, mientras aspiraba la humedad de la tierra y exhalaba
diminutas flores que ascendían con su aliento. Se quedó inmóvil, como una
estatua, abandonándose a la plenitud de esa sensación.
Con una copa en la mano, me perdí en el laberinto de
mi memoria, jugando a olvidar y recordar. El lento vaivén del aire en mis
pulmones, las flores exhaladas por su aliento, las luces de neón reflejadas en
sus ojos. Todo me llevaron a Nina. “Debemos perdernos más allá del eucalipto”,
me dijo en voz baja. “Tal vez allí nos encontremos”. Nos adentramos en la casa,
siguiendo un sendero oculto tras una pared de arbustos frondosos. Desde allí,
contemplamos el círculo verde del jardín y, bajo el eucalipto, la reunión de
los científicos, rodeados por la diminuta ciudad de cartón. “¿Qué hay más
allá?” Preguntó Nina, con la mirada perdida en el horizonte. “Una ciudad de
verdad, donde quizás habitan hombres, mujeres y niños con sueños similares a
los nuestros”. Respondí. Observé la danza sutil de las partículas brillantes en
su cabello, transformándose con el brillo cambiante de la luna, mientras el
eucalipto susurraba una tonada monótona. Busqué, en vano, palabras nuevas para
describir aquel instante inefable. Sus pantorrillas, su torso, su rostro, todo
se fundía en rojo fuego, ardía con la intensidad de las llamas, convirtiéndose
en humo que ascendía hacia las ramas del eucalipto. Nina coronada de chispas
brillantes, revelaba sus piernas hasta lo más alto, una visión que habría hecho
pecar a Tiziano.
La duda persistía: ¿quién era Nina? ¿Qué la traía a
esta casa? La había visto conversar largo rato con Geoff Brown, el científico
británico. Sus relatos de erupciones presenciadas alrededor del mundo me
erizaban la piel, pero ejercían una extraña fascinación. Esas historias, sin
embargo, se interrumpieron abruptamente cuando Nina se desvaneció entre el
humo. Apenas un destello de su figura, allá lejos, o quizás moviéndose entre
las ramas del eucalipto. Obligado a expresar mi opinión sobre las experiencias
que acababa de escuchar, apenas podía contener mi creciente interés por Nina.
Justo cuando terminaba de compartir mis pensamientos con Fernando Cuenca, el
fuego volvió a manifestarse fugazmente en la forma de Nina. Su presencia, fugaz
y enigmática, me llevaba a la ciudad de cartón, llenando mi ser con una enorme
sensación de misterio. Desde el volcán marcado con el número 1501-08, llegaban
ruidos de cataclismos. Rojos destellos y truenos lejanos rasgaban la oscuridad
intermitentemente. El cielo sobre la montaña se iluminaba con una claridad de
neón, cuyas tonalidades fluctuaban sin orden aparente. La tierra de cartulina
se estremecía, mientras Nina se alejaba en puntillas, desafiando el equilibrio.
La miré, extrañado sus pies desnudos se aferraban al patio de cemento. Su
silueta teñida del amarillo de las llamas delineaba su cuerpo revelando un
rostro hermoso y labios de estatua, impenetrables a mis pensamientos. Me
abandoné a la sensación del viento, al aroma denso del jardín. El eucalipto
susurraba en su lenguaje de hojas, y una lechuza, posada en una rama, limpiaba
sus plumas interrumpiendo el silencio con un canto agudo que parecía contener
la esencia de todos los sonidos.
Tendido sobre la hierba, con el brazo cubriendo mis
ojos, me dejé llevar por la plenitud de mi respiración. Sentí un anhelo
irrefrenable por reconocer a Nina, por tenerla cerca, más allá de las ilusiones
de las llamas, para confirmar su realidad, su humanidad. Pero, ¿quién era
Nina? Quise preguntarselo a Henry
Vasquez; amigo del profesor Efraín Guerrero, con quien tenía más confianza,
pero justo en ese momento estaba ocupado organizando la mesa. Además, el
profesor Efraín Guerrero y Fernando Cuenca discutían de nuevo, y sus miradas
seguían clavadas en mí. Dudé por un instante en decirles que la había visto,
que Nina era real, que sus ojos, sus labios, su cuerpo... todo estaba allí, con
nosotros. Pero me callé, pensando: “¡Nina es real! ¡La acabo de ver!”
El silencio se instaló en la noche, interrumpido
solo por mi imaginación. Fernando Cuenca acababa de preguntar sobre el Volcán
Galeras, y yo, frente al profesor Efraín Guerrero, respondí con palabras
imprecisas. Mientras tanto, los científicos colombianos Néstor García y José
Arlés Zapata se sentaban junto al fuego que creaba un arcoíris entre las ramas
del eucalipto. Risas y protestas llenaban el aire. Hablé del volcán, dejándome
llevar por la corriente de la memoria, donde todo se sentía dolorosamente vivo.
Me acerqué a uno de los científicos y le murmuré al oído: “Creo que hay alguien
más aquí, una mujer, junto al eucalipto”. El científico era el ruso Igor
Menyalov, sonrió extrañado, mientras llenaba mi vaso. Tal vez, en ese momento,
perdí la oportunidad de entrar en el mundo de Nina. Acepté que la noche, el
humo y las llamas distorsionaban mi realidad jugándome una mala pasada. Bebí
otra copa, acercándome al borde de las sombras del eucalipto, volví a ver el
perfil de Nina. Parecía iluminada por las brasas, su cabello rojo fuego se
elevaba entre el humo, deslizándose hasta su cintura. Su belleza resaltaba en
el jardín, envuelta en el misterio que le otorgaba la sombra de las ramas. Era
tan hermosa, que me dolía la duda de su realidad. Le di la espalda, intentando
borrarla de mi mente, mientras comía y escuchaba de reojo a Henry Vásquez, que
me invitaba a subir al Galeras.
Nina se desvaneció, esa noche el profesor Efraín
Guerrero y yo hablamos del volcán y de libros, brindando mientras el viento
mecía el eucalipto. El amanecer llegó sin previo aviso y nos embarcamos en una
camioneta hacia el Galeras. El volcán un espectáculo imponente se recortaba
contra el cielo azul, el frío calaba hasta los huesos. Giovanni el hijo del
Profesor y su amigo Henry Vásquez, se acercaron; Henry se quedó con nosotros
durante horas. Compartimos latas de atún y jamón. Por la tarde, se fue,
mencionando a su familia en Mapachico. Al día siguiente, la noticia: era una de
las víctimas.
Ascendimos por el antiguo Camino Real que une la
ciudad con Consacá al occidente del volcán. Este sendero serpentea la montaña
por su costado norte, revelando lagunas, pozos y manantiales naturales. El
último tramo lo hicimos a pie, por un sendero que nos condujo a la boca del
volcán. Nos recibió una caldera en forma de herradura, con el cono del Galeras
emergiendo en su centro. Me perdí en la contemplación de los colores cambiantes
de los gases volcánicos, el cono con su flanco occidental destruido, y la
inmensa caldera, una depresión que alberga el cono interno con sus cráteres
activos. ¡Y allí estaba Nina! Su silueta irreal, cambiando de amarillo a ocre,
de verde a café, nos acompañaba. Su cabello se desplegaba entre el humo, su
piel dorada por las pequeñas explosiones que emanaban de la tierra. De repente,
un ruido ensordecedor interrumpió la escena, el más impresionante que jamás
haya escuchado.
“¡No se muevan! ¡Si corren, mueren!” La voz de Igor
el científico ruso resonó a mis espaldas, empujándonos al profesor Efraín
Guerrero y a mí al suelo. A la una y cuarenta y tres de la tarde, a escasos
cincuenta metros de la superficie, la tierra rugió. Sonidos estruendosos, voces
surgidas de las profundidades, sacudieron el volcán y expulsaron rocas
incandescentes del tamaño de medio metro. Desde el abismo, un sonido infernal
se alzó. El Volcán Galeras despertó ansioso por devorarnos. ¡Era el sonido de
la muerte! ¡Todo se desvaneció ante mis ojos! Incluso Nina, convertida en humo
y fuego, mientras las piedras incandescentes quemaban nuestra ropa y piel. Los
gritos del profesor Efrain, se transformaron en alaridos de muerte. “¡Dios mío,
ayúdanos! ¡Dios mío, no quiero morir!” En un instante, mi vida entera se
proyectó ante mí, una serie de cuadros fugaces, momentos felices y dolorosos
desfilando a una velocidad vertiginosa. A mi alrededor, los gritos desesperados
se mezclaban con el estruendo ensordecedor de la tierra. Quedé atrapado, casi
sepultado por las afiladas rocas. ¡Pero sobreviví! Una mano cálida me rescató
del caos. ¡Nina me protegía!
Al día siguiente, el número del volcán, con sus
pequeños rasgos de todos los números, el de la íntima relación con los hechos y
la evolución humana, se manifestó en la plaza de armas del Batallón “Batalla de
Boyacá”. Lo hizo en una procesión de cadáveres, un macabro homenaje; había
cobrado nueve víctimas. Entre ellos, Henry Vásquez cuya curiosidad y ansias de
aventura lo condujeron a la muerte.
Días después, pase por la casa
del profesor Efraín Guerrero, buscando refugio en la soledad, sin querer
revivir los horrores del volcán. Al fondo del patio, cerca del eucalipto, una
puerta abierta revelaba a Nina, su figura recortada contra la luz, recostada en
la ciudad de cartón, su cabello se derramaba como humo sobre las calles de
papel. Hera la tercera vez que la veía, me acerqué, atraído por un magnetismo
inexplicable. De su cuerpo emanaba el calor del volcán, un sudor tibio la
recorría, acompañado de ecos subterráneos, sonidos de instantes perdidos. Su
piel olía a tierra. La ciudad de cartón seguía viva en ella: luces de neón
doradas filtrándose entre calles y edificios, el volcán
1501-08 en silencio. Nina no
hablaba. Veía su espalda, su cintura adornada con hojas y monte, y un deseo
extraño me impulsaba a recorrer su piel. Sentía el sabor de su cuerpo, la
necesidad de tocarla. Ella permanecía en silencio, permitiendo mi mirada, como
si necesitara mi presencia para consolidar su existencia. Percibía el peso de
sus huesos, la elasticidad de su cuerpo, la precisión de sus movimientos, la
tierra y el polvo en sus pies. Dudaba si prefería esta nueva conciencia o la
lentitud de su existencia anterior. Sabía lo que quería, pero el temor me
paralizaba.
Era cierto, Nina me había salvado en la boca del
volcán, y ahora estaba aquí. ¿Se habría calmado el volcán? Guie a Nina por las
calles de papel, bifurcándose entre los edificios de la ciudad de cartón. Ella
se movía con agilidad, dejando escapar un grito de admiración al llegar a la
montaña. Los colores metálicos brillaban bajo las luces de neón: rosa, violeta,
amarillo y verde profundo, iluminados por la luz que se filtraba desde un
agujero en lo alto de la construcción. Desde las profundidades, el canto de la
lechuza resonaba. “Es un lugar hermoso”, escucho su voz. “Nadie nos encontrará
aquí”, respondí.
“Sí, al menos
estamos lejos del eucalipto”, dijo Nina. Se dejó caer sobre el césped que
rodeaba al eucalipto, invitándome a sentarme a su lado. Me rodeó con su brazo,
y se acurrucó contra mi pecho, observando el cielo oscuro, la lluvia caía
suavemente sobre la ciudad de cartón. Su cabello rojo fuego me envolvía. Al
acariciar su piel color tierra, me maravillaba de su tersura. Pronto, nos
encontramos sobre el suelo de papel, un pedazo de roca de sudorosos hervores,
arraigados en los cartones pintados. Experimentamos el deslumbrante retorno a
la tierra. Sabíamos que, inmersos en la ciudad de cartón, habíamos trascendido
nuestra existencia.
El dolor había desaparecido. Aunque el silencio nos
uniera, llevándonos a la nada, llegaríamos al fin, marcando el renacer del
volcán. No estoy seguro de si Nina estaba desnuda; para mí, era como un árbol
que crecía en mis sueños. Creo que la vi desnuda, aunque luego dudé, tal vez la
imaginé. La forma de su cuerpo se dibujaba contra la montaña, siguiendo la
suave curva del valle, su cintura abandonada entre las calles que rodeaban el
parque, hasta la sombra de la estatua de Antonio Nariño. Sus ojos profundos
brillaban con las luces de neón, imperiosos y hermosos. “Nina”, repetí su
nombre en voz baja. “¡Nina, ven a buscarme!”, dije.
El recuerdo de José Arlés Zapata,
Fernando Cuenca, Néstor García y Carlos Trujillo; los científicos colombianos,
e Igor Menyalov de Rusia y Geoff Brown de Gran Bretaña. siguen aquí, en nuestro
Valle de Atriz. Junto a ellos, tres nariñenses que amaban al volcán: el
profesor Efraín Guerrero, su hijo Giovanni Guerrero y su amigo Henry J.
Vásquez. Todos se volvieron eternos junto al eucalipto. La tragedia del volcán se
ha convertido en un recuerdo. Nina me rescató al borde del abismo y en la
ciudad de cartón, un mundo de fervor nace. Nosotros, los escépticos, fuimos
agraciados con una nueva vida.
En mis sueños,
veo al Volcán Galera, inmenso; un galeón de fuego. Árboles en llamas se
retuercen, y de cada uno emergen las figuras de los nueve seres entregados al
Galeras: cinturas, torsos, cabezas. Cada uno sostiene entre sus brazos
extendidos a hombres, mujeres y niños, que forman las casas, los edificios, las
calles, el parque y el volcán. Del eucalipto caen brasas chispeantes,
extinguiéndose una a una, entre crujidos y lamentos llameantes. Nina vuela
sobre a multitud de miradas fijas, impotentes, cuyas voces resuenan en su
corazón, desconcertadas por el terror de un fin incomprensible.
Despierto temblando. Afuera, el
estruendo vengativo de la tierra convulsionada me recibe. Al principio, lo
confundo con un pálpito de vida, pero su intensidad me desconcierta, como si la
tierra intentara liberarse de nosotros. La ciudad de cartón parece ser
aplastada por un puño gigantesco. Pedazos de pintura multicolores y cristales
rotos se desprenden, resonando en mis noches, irrumpiendo bajo mis pies.
Afuera, el cielo se oscurece bajo una lluvia de polvo amarillento con aroma a
azufre, desciende sobre la plaza de Nariño, las calles y los edificios. Se
desvanece a la entrada del Pasaje Corazón de Jesús, Arriba en lo alto el Volcán
Galeras reposa sumido en una calma engañosa. Bajo la lluvia, en una esquina del
Parque Nariño, Nina fuma, su silueta reflejada en el cristal de una vidriera al
final del parque.





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